Ser o no ser diria Hamlet de Shakespeare.
Si hubiera sido Lope de Vega hubiera escrito: ser o estar? esa es la cuestión.
Para ti, apasionada perdida, blanca y negra, exprimidora total, curiosa y vital, esa es la cuestión. Y cuando te ocurre, como ahora, que solo estas, tu ser y entender se convierte en una navaja de doble filo, porque estar nunca ha sido una opción.
HAMLET.– ¿Parece? Yo no sé lo que es «parecer». Mi dolor, amada madre, no lo proclama esta capa negra que me cubre, ni la ropa de luto solemne, ni mis profundos e involuntarios suspiros; no, ni siquiera el raudal de lágrimas que a veces mana de mis ojos. Esas cosas son … el ropaje de la pena. Lo que yo siento aquí dentro… eso… eso no hay modo de expresarlo.
HAMLET.– Oh, si esta carne mía, tan, tan sólida se derritiera hasta convertirse en rocío… Oh, si el suicidio no estuviera terminante prohibido por las leyes divinas… ¡Qué mercenario, qué insulso y caduco me parece todo! El mundo es un jardín lleno de ortigas, invadido por la inmundicia y la putrefacción. Lo grosero, lo hediondo se extiende por todas partes propagando el olor a podrido.
HAMLET.– Últimamente, y sin saber por qué, he perdido toda la alegría y el deseo de ocuparme de las tareas cotidianas. Tengo tal pesadumbre en la mente que esta gran fábrica, la Tierra, me parece un promontorio yermo; y esa bóveda cristalina, ese firmamento majestuoso tachonado de fuego áureo, sólo me recuerda una infecta y nauseabunda licuefacción de vapores. ¡Qué obra de arte es el ser humano! Sus poderes de raciocinio le ennoblecen; sus facultades son infinitas; la forma de su cuerpo, su soltura y agilidad son dignas de admiración; su capacidad intelectual le acerca a los ángeles, ¡a los mismos dioses! Es lo más bello del mundo, el más perfecto de todos los animales y, sin embargo, no puedo deleitarme en la
contemplación de lo que finalmente será tierra, polvo, sombra, nada.
HAMLET.– Ser o no ser. Esa es la cuestión. ¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez? Morir es… dormir… Nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: Morir…dormir… dormir… tal vez soñar. Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida. Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar? Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos
convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción.
HAMLET.– ¿Parece? Yo no sé lo que es «parecer». Mi dolor, amada madre, no lo proclama esta capa negra que me cubre, ni la ropa de luto solemne, ni mis profundos e involuntarios suspiros; no, ni siquiera el raudal de lágrimas que a veces mana de mis ojos. Esas cosas son … el ropaje de la pena. Lo que yo siento aquí dentro… eso… eso no hay modo de expresarlo.
HAMLET.– Oh, si esta carne mía, tan, tan sólida se derritiera hasta convertirse en rocío… Oh, si el suicidio no estuviera terminante prohibido por las leyes divinas… ¡Qué mercenario, qué insulso y caduco me parece todo! El mundo es un jardín lleno de ortigas, invadido por la inmundicia y la putrefacción. Lo grosero, lo hediondo se extiende por todas partes propagando el olor a podrido.
HAMLET.– Últimamente, y sin saber por qué, he perdido toda la alegría y el deseo de ocuparme de las tareas cotidianas. Tengo tal pesadumbre en la mente que esta gran fábrica, la Tierra, me parece un promontorio yermo; y esa bóveda cristalina, ese firmamento majestuoso tachonado de fuego áureo, sólo me recuerda una infecta y nauseabunda licuefacción de vapores. ¡Qué obra de arte es el ser humano! Sus poderes de raciocinio le ennoblecen; sus facultades son infinitas; la forma de su cuerpo, su soltura y agilidad son dignas de admiración; su capacidad intelectual le acerca a los ángeles, ¡a los mismos dioses! Es lo más bello del mundo, el más perfecto de todos los animales y, sin embargo, no puedo deleitarme en la
contemplación de lo que finalmente será tierra, polvo, sombra, nada.
HAMLET.– Ser o no ser. Esa es la cuestión. ¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez? Morir es… dormir… Nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: Morir…dormir… dormir… tal vez soñar. Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida. Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar? Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos
convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción.

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