Recuerdo que era muy pequeña, quizás 8 o 9 años. Tenia en mi habitación una mesita de noche, era como las mesas camilla de toda la vida pero chiquita. Mi madre le había hecho un cubre mesa con una tela blanca con dibujos en verde. Eran cestas de mimbre llenas de flores que se repetían constantemente. Mi madre remato el bajo con una puntilla de ganchillo que ella misma tejió.
Recuerdo que levantaba un lado de aquel mantel e imaginaba que la mesita era una casita para mis muñecos barriguitas. Encima de aquella mesa tenia una hucha de cerámica con forma de seta, como la de los pitufos, roja con manchas blancas.
Recuerdo un día, cuando ya no jugaba a las casitas debajo de aquella mesa, que tropecé con ella, la hucha cayó al suelo y se rompió.
Recuerdo llorar desconsoladamente y en silencio, sentada en aquel suelo con moqueta verde a juego con el estampado de cestas de mimbre y puntilla mientras recogía los trozos de aquella hucha.
Recuerdo preguntarme a mi misma porque lloraba de aquella manera. Hacia tiempo que no jugaba con muñecas y la hucha ya no era sino un recordatorio de aquella niñez en la que solo te daban un duro y era muchisimo. Por aquel entonces ya tenia edad para que me dieran algún billete, de quinientas pesetas como mucho, pero un billete al fin y al cabo y por supuesto ya no usaba aquella hucha. Pero aun así llore como si hubiera perdido la mas preciada de mis pertenencias.
Recuerdo que años después seguía recordando aquel llanto y pensaba en cuanto había cambiado aquella niña que valoraba demasiado un objeto. Pensaba en lo infantil que resultaba aquel dolor tan profundo y mas cuando no conseguía recordar porque significaba tanto aquella hucha.
Es ahora que me doy cuenta que no lloraba por la hucha, lloraba por la niñez que recién acababa.

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